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Los efectos de las nuevas guerras culturales

domingo, 11 de octubre de 2020

Las guerras culturales, que inicialmente eran un asunto de los estadounidenses, empiezan a replicarse en el resto del mundo. Esto significa que la instrumentalización de ciertos temas como el aborto, la legalización de las drogas, las reivindicaciones de género o la memoria histórica, que siempre son polémicos y que siempre apelan a valores personales y a cosmovisiones morales, empiezan a ser armas esgrimidas por políticos de todas partes en sus batallas políticas.

Como si fuera un hueso, lanzan un tuit polémico o se posicionan frente alguno de estos asuntos, y se retiran luego a ver cómo la sociedad se desgarra a dentelladas.

Las luchas por los valores y los estilos de vida no son nuevos, desde luego. Al menos durante la primera mitad del siglo XX, los artistas de vanguardia se caracterizaron por promover nuevos valores, e incluso por soñar con la invención de hombres y sociedades nuevas.

¿Eran guerras culturales? No exactamente. Las luchas vanguardistas las lanzaban los sectores de avanzada de la sociedad civil para desafiar al poder político, mientras que la guerra cultural la promueve el poder político para sacudir y movilizar a la sociedad civil.

Todo empezó a principios de los ‘90, cuando algunos políticos yanquis se dieron cuenta de una cosa. Con el fin de la Guerra Fría ya no tenían un enemigo externo (los comunistas) ante el cual hacer gala de la superioridad de su estilo de vida, el american way of life. Eso significaba que ahora podían volver la mirada sobre la política local para señalar las diferencias morales que separaban a los mismos estadounidenses.

El enemigo dejaba de estar afuera y empezaba a buscarse adentro. Eran los otros, los que defendían valores y visiones del mundo opuestas a las mías, los que se convertían en una amenaza para la civilización estadounidense.

La política siempre tiene que ver con valores y con visiones del mundo, y siempre, al menos en democracia, entraña conflicto y enfrentamientos viscerales. La diferencia entre la disputa política tradicional y la nueva guerra cultural es que en la primera cabe la posibilidad del punto medio y del acuerdo.

En las guerras culturales, en cambio, no se conceden treguas ni se hacen prisioneros. Se azuzan temas morales para demostrar que la postura del otro es nociva para el país, incluso refractaria a los valores de la nacionalidad, y para cohesionar a los seguidores con el aglutinante social más efectivo jamás inventado: la promesa de superioridad moral.

El resultado es evidente y premeditado: la sociedad se abre en dos, se polariza y se crispa. Es, insisto, algo buscado desde el poder porque esa división en bloques le trae enormes ventajas al político.

Trump lo entendió a la perfección. “Podría disparar a gente en la Quinta Avenida y ni así perdería votos”, dijo, y tenía razón. No los perdería porque la polarización blinda a los políticos. Los hace inmunes a su propia incompetencia, a su mediocridad y a su maledicencia. Nada de esto importa. Ha logrado convencer a los suyos de que el otro siempre es peor. Moralmente peor, y eso basta, the deed is done.

Que usted ya no pueda tener una reunión familiar en paz les importa un rábano. Al contrario, saben que la familia entera saldrá a votar enfebrecida y rabiosa, unos contra otros, y que con suerte se llevarán la mayor tajada.

Carlos Granés es antropólogo y ensayista.

https://www.clarin.com/opinion/efectos-nuevas-guerras-culturales_0_9qkx7G6vL.html 


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